Voz
A veces
fuegos fatuos nos arrastran a un giro constante
sobre ejes de herida abierta y anclaje.
Son momentos complicados
en los que el tiempo se estira y martillea el abdomen,
en que inercia victimista y vorágine escarlata
devoran nidos de ilusiones.
Pero incluso en esos momentos existe vida más allá de la sal que es recuerdo,
hasta en esos instantes se pueden encontrar asideros en la ciénaga,
incluso entonces existe una elección:
Continuar arrastrando los pies por un barro que,
a cada paso,
se acumula más en los zapatos,
o aceptar que la aguja incandescente en las entrañas es parte del juego,
y que la llaga puede ser también crisálida que transforme el movimiento.
Y es entonces cuando comienza a escucharse;
primero casi inaudible,
casi…
imperceptible,
pero luego cada vez más nítida,
la voz de tu propio silencio:
"No me ves
no me tocas
no me hueles
pero soy
pero estoy
siempre
contigo
Soy distancia entre tus labios y el retorno del eco de un “te quiero”
y te espero cada noche entre los pliegues de tu almohada.
Soy hilo y aguja que recosen fragmentos rotos a tu alegría
y penetro con la luz que se cuela cada amanecer por entre las rendijas de tu persiana.
Soy silencio que cuenta las horas que aún empañan tu risa,
y me oculto entre bastidores de escenarios de miradas nocturnas.
Estoy en los versos que emiten tus pupilas
y en el fondo de tu copa cuando apuras la tercera cerveza.
Me llaman vana,
pero soy sonrisa en la tristeza,
te ayudo a levantarte,
a creer que, pese a todo,
merece la pena caminar.
Soy leña y carbón,
a veces gasolina,
soy combustible que alimenta las calderas de tus más profundas pasiones.
Y si algún día me pierdes
mejor estarías muerto(a)"
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